Boadilla del Monte (parte 2)

Gracias a la ayuda de mi amiga A, sabía como hablar español pero estaba claro que me seguían faltando palabras y que tampoco entendía bien lo que me estaban diciendo. Pasadas unas semanas, después de la mudanza, mi hija empezó a sentirse mal. Al principio no parecía gran cosa – lo típico, algo de catarro, tos…

Una noche me desperté a las 5 de la mañana sobresaltada, porque mi hija no podía respirar y se ahogaba, también tenía fiebre… 40 grados que lo empeoraba a todo. No sabía cómo ayudarla. Desperté a mi marido… (por cierto, alguien me puede explicar por qué los hombres duermen con el sueño tan profundo y complaciente que nosotras las mujeres no somos capaces… Y luego nos dicen que desde tiempo atrás el hombre dormía en el lado más cercano a la puerta para vigilar a su familia…ja ja ja ).

Vuelvo a lo mío… desperté a mi marido y tal y como estábamos habíamos envuelto a la niña en una manta y echamos a correr a urgencias del centro de salud de Boadilla. Para nuestra sorpresa nos dijeron con mucha tranquilidad del mundo, que debíamos esperar y más tarde nos llamarían. Uff… no sabéis cuanta paciencia me costaba estar allí esperando los siguientes 30 minutos… no me lo creía… El médico no reaccionaba con tanta fiebre y lo demás.

Al final salió una señora, con reseñas de mucho sueño y haberse despertado recientemente, nos llamó a la habitación. Al tomar nota, le conté sobre los síntomas de la niña y llegó a la conclusión que a la niña no le pasaba nada, que era un simple resfriado y que le diese unos 7 días Dalsy (fármaco que era un simple componente de ibuprofeno para niños pequeños). Pero para mí, me resultaba muy flojo e insuficiente para la niña. ¿Qué hice yo? Desesperada intenté convencer a la doctora que debería hacerle más pruebas pero… ¿cómo explicárselo con mi español tan pobre de qué se trataba y lo que veía yo? Fue imposible. Resignada, llorando (con el sentimiento de culpa, de sentirme inútil por el tema del idioma) volví a casa con la niña en brazos.

Por suerte después de unos días aplicándole el antibiótico, la fiebre cedió aunque la tos seguía. Volví al pediatra para que pudiera ver a la niña y decirme si estaba bien. Según él no tenía nada. Me quede más tranquila.

Mis días se limitaban básicamente en atender mi hija, limpiar y hacer la comida, como todas las madres hacemos, pero teniendo en cuenta el poco dinero que teníamos, decidí enseñar a mi hija utilizar el orinal y deshacernos de los pañales. Había que ahorrar en muchas cosas pero los pañales eran en lo que más gastábamos.

Todos los que tenéis los hijos sabéis que enseñar a un niño muy pequeño que tiene que sentarse y hacer pipí es casi imposible, también ha sido con mi hija. Así que entre muchos lloros, al final he conseguí que hiciese su primer pipi y me sentí súper orgullosa y aliviada a la vez. Ahora solo quedaba practicarlo y nada más.

En casa, el ambiente no era demasiado bueno, la gente que nos alquilaba habitación no le gustaba que pasasen meses… Empezaron las presiones, luego los malos comentarios e intenciones de acusarnos por supuestos robos, que en mi caso como yo era la única que se quedaba por la mañana en casa – era la culpable. Me acusaron de robar la comida de la nevera, donde cada habitación tenía su sitio para almacenar comida propia. Intenté miles de veces enseñar que yo no había sido pero no les llegaba (posteriormente me enteré que el marido de la chica que alquilaba el chalé se levantaba por la noche y comía sin que ella se diese cuenta).

Al final llamé a mi hermana para que intentase buscarnos otro sitio donde vivir y estar más o menos tranquilos, preferiblemente alguien quien tuviese hijos. En este tiempo mi hermana salía con un chico polaco muy majo y él nos ayudó encontrar algo pero esto suponía mudarnos a Alcorcón. Pasados seis meses, nos mudamos a un piso en el barrio del Parque de Lisboa, Alcorcón.